lunes, 18 de agosto de 2008

Paisaje de Verano.

El paisaje del verano me muestra las carpas del Paleo que ya están armadas, los campos verdes o dorados, la gente que pasea y hace asados y picnics; me trae el sol, el calor, las tardes interminables y las noches cortas, las madrugadas frescas impregnadas con olor a nuevo. El verano me hamaca en su sopor, me lleva a la piscina, a acostarme en el pasto y sentir la tierra, a mirar por el balcón y a regar mis plantas diariamente. Me impulsa a querer hacer paseos por los bosques frescos y amables que invitan al descanso y al verde profundo. Me regala la fiesta de los sabores de las frutas estivales, frutillas, duraznos, sandías, melones, ciruelas, y los helados, que nunca, lamentablemente, serán los de Freddo.

Siempre consideré que el verano era una fiesta, una temporada encantadora que esperaba todo el año y luego disfrutaba intensamente. El fin de las clases, las vacaciones, el ansiado recreo anual, lleno de fiestas y sorpresas.

En Europa el verano trae, aparte del turismo, un ingrediente mas nuevo y menos tradicional pero que sigue batiendo récords: los festivales musicales.

Esta semana se llevó a cabo en Nyon, el Paléo, famoso festival de Rock & Pop mas grande de Europa, que se lleva a cabo de martes a domingo y reúne, tal como el festival de Jazz de Montreux, a importantísimos músicos de todo el planeta. Este año se dieron cita: Ben Harper & The Innocent Criminals, Call The Hives, dEUS, Mika, Justice, Girls in Hawaii, Micky Green, I’m from Barcelona, Manu Chao, Massive Attack, IAM, Grand Corps Malade, Keny Arkana, Yelle, Vanessa Pardis, Etienne Daho, R.E.M., Yael Naim, por nombrar los que yo mas conozco. Lo que diferencia al Paleo de los otros festivales es que aquí la gente puede venir con su casa rodante o su carpa y acampar durante toda la semana, es una especie de éxodo temporal musiquero con un touch hippy-freestyle, que hace que Nyon, el pequeño pueblito donde vivimos sea sacudido por una oleada enorme de gente, de tráfico y de trabajo extra pero todo con olor a clave de sol.

Mis hijos, a partir de sus 14 años siempre se anotaron para trabajar en este festival y como tal, recibían su pase gratis para toda la semana y un pago extra. Tenemos este festival tan incorporado a la familia que me cuesta trabajo pensar que Kevin no está aquí para disfrutarlo.

Cuando lo invité “un día a tu elección”, Brandon eligió el miércoles como la noche para asistir. Las entradas se ponen en venta en el mes de abril y se agotan en la misma semana – aunque cuesten entre los 180 y los 300 francos (o dólares) dependiendo si uno es estudiante o no y si el abono es de 4, 5 o 6 días; la entrada por día cuesta 60. Una vez comenzado el festival y para luchar contra el mercado negro, la empresa organizadora pone todos los días 1000 entradas en venta en Internet. Así fue que el miércoles luego de haber dejado a Manolo en la veterinaria para su control diabético, me instalé en la computadora poco antes de las 9 y comencé a seguir las indicaciones para conseguir las dos entradas, prendiendo vela para luchar contra los efectos nefastos del fracaso pues nunca se sabe en que estado incandescente se encontrarán Internet o nuestra venerable computadora, quien luego de su último derrame cerebral ha quedado con ciertas dolencias y una marcada sensibilidad irritativa que me quitan toda la confianza. El universo me acompañó y logré sacar las dos entradas sin problemas, pagué con tarjeta e imprimí los tickets en mi impresora con mucho esmero y mucho orgullo, ¡¡¡lo que es la tecnología!!!

El Festival abre sus puertas diariamente a las 16 horas y desde entonces que brillan los conciertos, los puestos de comida, los stands de publicidad y los negocios que venden absolutamente de todo como ya es de rigor en cuanto evento se desarrolle, ya el merchandising no solo tiene que ver con el tema sino que trasciende lo alegórico y nos invade con todo lo que ande circulando por allí y sea vendible. Nosotros salimos de casa un poco antes de las ocho, campera en mano pues soplaba un viento poco amigo. Fuimos caminando tranquilamente hasta la estación de Plantaz desde donde abordamos el tren gratuito que nos llevó en escasos minutos hasta L’Asse, cede oficial del Paléo. El ambiente era manso y animado, como cuando uno va a una fiesta en familia, pues es ese el sello del Paléo. Los chicos menores de 12 años no pagan, así que son arrastrados por sus padres o los padres son arrastrados por los hijos y se forma así un espacio Campanelli pero con aire suizo que es muy gracioso y atípico. Al principio impera el orden, pero luego sea por la ingesta de alcohol, por la cercanía de los amigos y conocidos, por el ambiente festivo, por el verano, los diques del control absoluto son asaltados y minados por las ganas de vivir, por disfrutar, por la alegría y el gozo y la gente se deja estar, baja la guardia y vive el presente con felicidad. Eso provoca que no todo esté tan limpio y ordenado, que a veces nos encontremos asediados por la masa y que haya colas y esperas, es un paisaje real y lleno de vida, imperfecto, desordenado que contrasta con la vida rectangular y lisa que solemos transitar en estos paisajes.

Como teníamos tiempo primero estuvimos paseando un poco y tanto stand de comida nos dio hambre así que nos sentamos a comer comida china del restó Mekong y de paso estudiamos un poco el público. Un relax total donde todo estaba permitido, desde converse altísimas cual bota de caña alta compradas en Rusia, pelucas verdes, pelos al viento, al rulo o a la que te criaste, shorts con o sin medias largas o cortas, faldas cortas, largas o a media asta, remeras de todos los colores, en fin, muuuuy free.

En la mesa de atrás nuestro se encontraba el típico caso del chiquillo de 2 o 3 años, totalmente copado con el evento, que papá subió a la mesa y que ostentaba una guitarra eléctrica de juguete. El chiquilín estaba como poseído y circulaba a lo largo y a lo ancho de la mesa tocando mudamente la guitarra y gesticulando como si ya fuera una estrella de rock consagrada. El único problema era que nadie le prestaba atención. El padre discutía mansamente con la madre sin registro alguno del vástago y el chico que quería que lo que no tiene mas remedio ni elección de amar mas en el mundo le diera bolilla, iba subiendo el volumen de su espectáculo a una velocidad indirectamente proporcional a la bola que le daban sus progenitores. Yo lo miré; al principio con curiosidad y simpatía que se fue convirtiendo en preocupación altamente irritativa a medida que el espectáculo unipersonal del chiquilín se convertía en algo más violento e impetuoso. El padre, que a esta altura se había quedado solo, seguía sumido en sus propios pensamientos y ni siquiera le dirigía una mirada a lo que ya se había convertido en una fiera suelta que pateaba y pisoteaba la mesa cada vez con mas ímpetu y fuerza. Yo no podía despegar los ojos de la escena, pues por un lado la velocidad me alucinaba y por el otro la impasividad del padre me ponía loquísima. Finalmente cuando el chico dio el inevitable y esperado traspié y por un pelo se salvó de desnucarse, el ancestro se dignó mirarlo pero solo ¡para retarlo! ¡No se puede tener un padre más al pedo! Y ahí tuve que tener una pequeña intervención –Brandon me permitió esgrimir solo una exclamación- pues no soporto esas cosas que pasan sobretodo en esta Europa vieja e intolerante, donde a los chicos se les exige desde pequeños ser grandes y responsables. Así que para no agriar la soirée desde el comienzo, optamos por levar anclas, dejar al futuro roquero discutiendo con su impávido progenitor y sondear otras aguas más a tono con nuestras urgencias.

Aterrizamos en lo que se llama “La grande Scène” y para nuestra sorpresa el concierto acababa de comenzar. Lentamente nos fuimos adentrando en la marabunta de gente hasta lograr acercarnos al menos a una de las dos pantallas gigantes. El grupo que azotaba los teclados se llamaba Justice y yo ya lo conocía puesto que en mi hogar, Brandon agota con sus canciones. Eso fue bueno, pues si no hubiera tenido los oídos ya domados, creo que no lo hubiera aguantado. Al conocer los temas de antemano, me enganché y lo pasé genial. Justice es un dúo francés de música electrónica formado por Gaspard Augé y Xavier de Rosnay. Su logo es una gran cruz luminosa representada también en su primer álbum –junio 2007- que obviamente se llama + (Cross), la cual llevan a todos lados y que como no podía ser de otra manera, estaba expuesta en el escenario: grande, blanca y brillante. El dúo, controvertido entre los fanáticos de la música dance, es conocido por incorporar una fuerte influencia rock a su música e imagen. La verdad es que estos dos tecladistas se mataron tocando, se notaba el esfuerzo, sobretodo porque uno fumó casi todo el recital y darle al teclado y fumar a la vez es toda una hazaña que requiere maña y habilidad. El último tema que tocaron “We are your friends” (tema ganador del mejor video MTV Europe Music Awards 2006) y que normalmente tocan con otro cantante llamado Simian, que no forma parte del dúo –je, sino sería un trío-, duró una buena media hora y fue a-lu-ci-nan-te. Digamos que condimentaron el tema original con todo tipo de novedades. Crearon una especie de patch-work musical, cortando al bies e insertando otras músicas en el medio, arriba, abajo o a los costados, un trabajo magistral de mezclas y remezclas, con un ritmo infernal que nos llevó a todos un desenfreno danzante que nos alegró la vida, el alma y el espíritu.

Como sucede a menudo, cuando se termina un concierto que nos lleva al éxtasis y al desenfreno, en cuanto los parlantes se callan, se instala, además del silencio, como un vacío existencial que se extiende e impregna todo. Sentir ese vacío en un lugar al aire libre y poblado de gente es sumamente raro y extraño, sobretodo por que en general en ese momento uno no entiende lo que pasa. Por eso lo mejor fue buscar nuevos horizontes. Mientras tratábamos de desalojar mansamente el área, Brandon me contaba lo impresionado que estaba de haber logrado ver a escasos metros, gracias a que al final me lo subí en la espalda para que pudiera ver el escenario desde donde estábamos, a sus ídolos, “y era tan real, estaban allí, los vi tan cerquita… ¡y después los veo en la televisión!” Es la magia y el encanto de los conciertos en vivo, lograr ver a los ídolos y verificar que son de carne y hueso, que existen, que respiran, que son tan seres humanos como todos nosotros.

El programa siguiente era tratar de ver a Micky Green, la ex -modelo australiana de 23 años cuyo tema “Oh!” (¿no es excelente el título?) circula por los canales de cable noche y día sin parar. Y digo bien cuando escribo “tratar de ver” puesto que nunca logramos entrar a la carpa donde la chica cantaba. A medio camino nos vimos atrapados en una masa compacta de marea humana que no nos dejaba mover con libre albedrío como era nuestro sentir. De todas formas y gracias a una perseverancia inclaudicable logramos arrastrarnos a través de la gente y llegar hasta la puerta desde donde escuchamos “Oh!” muy emocionados. Brandon no podía creer que no íbamos a poder entrar, pero yo lo hice recapacitar y le dije que visto y considerando que nos iba a llevar un tiempo salir del atascadero en el que estábamos anclados, lo mejor era poner proa orientada hacia el próximo concierto antes de quedar sepultados allí para siempre.

Por suerte dimos con una corriente favorable que haciendo un gran détour nos hizo desembocar en la carpa de Baccardi, que si bien estaba llena de gente, por lo menos daba lugar y espacio para caminar y/o deambular como seres humanos dignos. Aprovechamos para asistir al excusado, lo que nos llevó un buen tiempo debido a las densas colas destinadas a tal fin. En este festival se vende mucha cerveza y entonces las colas de los baños son tan asistidas por hombres como por mujeres.

A las 23h15 plantamos bandera nuevamente en “la Grand Scène” debajo de la pantalla gigante y a escasos 5 metros del escenario. Ya era imposible avanzar mas para el recital de Mika, que comenzó puntualmente a la medianoche.

Michael Holbrook Penniman Ismaili (1983) más conocido como Mika es un cantante británico de origen libanés. Su familia está constituida por cinco hermanos, de madre libanesa y padre estadounidense. Huyendo de la guerra del Líbano pasó con su familia por diferentes lugares (París, Chipre) antes de establecerse en Londres a la edad de nueve años, al mismo tiempo que descubrieron que Mika sufría de dislexia. Más tarde, le contrataron una profesora de ópera rusa, para que le enseñara canto. Esto provocó que a los 15 años ya cantara como contratenor. Se matriculó en la London School of Economics para estudiar economía y política, pero dos semanas después ya estaba estudiando música en el Royal College of Music.Antes de triunfar como cantante pop, Mika fue cantante de ópera, escribió música funcional para la aerolínea British Airways y compuso jingles publicitarios.En el 2007 firmó un contrato con el reactivado sello de música disco de los setenta Casablanca Records para su álbum debut, Life in Cartoon Motion. Su primer álbum fue número uno en Inglaterra y va camino de serlo en muchos otros países. Es el artista más prometedor del año según la encuesta anual que realiza la BBC entre más de 130 profesionales independientes del mundo de la música y los medios de comunicación británicos.

No es fácil mantener el equilibrio en el medio del gentío y resulta mucho más difícil cuando la muchedumbre danza y no precisamente al unísono, pero endulzados con la música de Mika pudimos sobrevivir, bailar, cantar y disfrutar hasta el último minuto del show.

Antes de comenzar, e intuimos que para atraer a las cámaras de la tele y ver su rostro plasmado en las pantallas gigantes, un abombado que estaba dos metros adelante nuestro se balanceaba con una colchoneta inflable (de esas que llevamos a la playa) color verde. Nadie daba crédito a sus ojos, pues como la sostenía por arriba de su cabeza, la colchoneta sobresalía y bloqueaba la vista de todos los que teníamos la desgracia de estar detrás de él. La justicia obró por mano propia y cuando faltaban quince minutos para comenzar el show, manos artesanas trataron de agujerear la misma con un cigarrillo. Como no dio resultado, visto que el plástico era más grueso que un simple globo, directamente le sustrajeron el juguete de un tirón y lo fueron pasando para atrás hasta que se perdió de vista. El infrascripto sólo atinó a sonreír estúpidamente con un dejo de tristeza.

Mika salió a escena a salto vivo entonando su “Lollipop” como apertura, calzando zapatillas, jeans, remera blanca y tiradores. El escenario se llenó de colores, de luces, de alegría desplegada con globos y con papelitos de colores que eran eyectados de enormes trombones especiales para tal fin. Solo mirar la cara de Brandon, deshizo los 45 minutos de espera en nada y se me evaporó el cansancio como por encanto. El chico estaba fascinado y feliz. Como no veía el escenario, me lo volví a subir a la espalda, pero aguantamos poco pues ya no estoy para estos trotes. El universo envió ayuda: al lado nuestro había una pareja muy joven y la chica se ofreció a remplazarme. Así que el resto del show, entre ella y su novio –quien nunca se sacó los anteojos de sol-, se lo cargaron en la espalda y Brandon pudo ver todo con lujo de detalles.

Los temas del recital fueron todos los de su único CD “Life in Cartoon Motion” que Brandon me había regalado para Navidad y es uno de los pocos CDS del cual puedo decir que me gustan todos las canciones. Fue una verdadera felicidad cantar a coro con la hinchada y escuchar esos temas en vivo, al aire libre y bajo las estrellas. El hecho de pasar por esta experiencia tiñó estas canciones con nuevas emociones, o con emociones puras, pues eso es lo que pasa en los conciertos, uno está 100 % allí, viviendo el presente a full y es como que la música nos rodea, se incorpora a nuestro cuerpo y a nuestro sentir, nos brota, nos fluye y nos acuna con su ritmo. El público es la música y es como una especie de sentir colectivo delicioso, pues todos estamos disfrutando algo que nos hace felices. Mika se dio a fondo, brindando un show maravilloso y todo era un espiral ascendente de alegría y buena honda generalizada en un ida y vuelta, pues el ver a todos contentos le daba al artista fuerza y energía para seguir encantándonos con su música y sus canciones. Si le agregamos que era verano y que estábamos al aire libre bajo las estrellas en una noche mágica y maravillosa… ¿qué más se puede pedir para ser completamente feliz? En todo caso, lo atesoré como un hermoso recuerdo que volveré a revivir, agradecida, cada vez que escuche la música de Mika.

Lentamente comenzamos el éxodo del retorno, habiendo primero pasado por el stand de Mika, para comprar el famoso “souvenir”. Me negué a pagar 40 francos por una remera de algodón. Brandon estuvo de acuerdo y eligió un librito y un póster que ilumina alegremente la pared de su cuarto.

Desde Nyon, la capital del Paléo, y cede temporal del verano, va mi cariño y mi recuerdo para todos ustedes que se encuentran… ¿dónde?

Alejandra
23.07.08
(hay fotos en al álbum Paléo 2008)

La vida siempre devuelve

Hace dos años a Bárbara le robaron el celular en el colegio. Dejó el teléfono descansando sanamente sobre su banco y salió con todos al recreo y cuando volvió: ¡abracadabra! Nada por aquí y nada por allí. Lo mas grave fue que lo habíamos comprado hacía una semana y estaba aún ¡en pleno idilio! Por suerte también le había sacado un seguro, así que mientras secaba las lágrimas de mi ofendida y dolida hija, hicimos la denuncia en la police, llenamos los formularios del seguro y en una semana le entregaron el mismo teléfono, clon o gemelo del Missing in action.

Luego de haber pasado cuatro años en un colegio y conocer a todos sus compañeros y pasarla fenómeno (ahora el colegio es un club social, no como antaño), Bárbara cursaba en ese momento en un edificio nuevo, su primer año de Gimnasio (sería un tercer año de secundaria nuestra) y no tuvo la suerte de coincidir en la clase con ninguno de sus compañeros anteriores. Digamos que en el momento en que le robaron el teléfono, la mitad de la clase le parecía aburrida, insípida, insulsa, inexpresiva y privada de todo estímulo vital o inteligencia en cualquier estado, tiempo o espacio y a la otra mitad la consideraba malhumorada, histérica, hosca y poco apta para algún sentido del humor presente, remoto o futuro, y estaba a punto de confeccionar una lista para medir a quien odiaba más y si tenía sentido continuar viviendo de esta forma o era mejor buscar el modo de matarlos a todos de una vez.

El hecho de perder su móvil, no ayudó en nada a que el ambiente y los sentimientos de Barbara mejorasen. La situación con los profesores tampoco era brillante y es que ahora las cosas cambiaron tanto que los académicos no saben o no quieren mantener un buen nivel de comunicación con sus alumnos, bien o les tienen miedo y están a la defensiva o disfrutan infantilmente demostrando cuanto saben ellos y cuan poco los estudiantes tratando de ponerlos en ridículo delante del resto de la clase. Pero… como siempre que llovió paró y la vida nos otorga la oportunidad de cambiar todos los días, de a poco la situación fue variando, se fue creando una sana camaradería y de golpe mi hija volvió a sentir el inmenso placer de concurrir al colegio como antes. Tanto que al final del año escolar me confesó algo que yo ya había pensado pero que en aras de no sembrar la discordia retrospectiva, no quise traer a colación, “¿quién de todos esos encantos maravillosos, pudo haberle sustraído el teléfono en su momento?” Supusimos que nos quedaríamos eternamente con la duda.

También, a veces, la vida te regala el desenlace de ciertas situaciones que uno preferiría ignorar para siempre o dejar sepultadas en los mares del olvido.

A fines del año pasado, uno de sus mejores amigos, Greg (mi Greg, como ella lo solía llamar) le confesó, muerto de vergüenza que el teléfono había sido sustraído entre él mismo y otros dos. En realidad el tercero fue el que lo vendió y lo que había comenzado como una broma, terminó siendo una transacción comercial redituable. El tema fue que luego se hicieron muy amigos, pero muy amigos y entonces cada vez era más difícil decirle la verdad o volver atrás. Todo hubiera seguido así, sumido en las luces tenues de la omisión y el misterio perpetuo si el encanto que compró el teléfono no se hubiera ido a vivir a Australia y solo unos días antes de irse, hubiera tenido la mala suerte de ser detenido por la policía para control. Los agentes de la ley y el orden le pescaron marihuana de varios colores y decidieron llevarlo con ellos para abrir un prontuario o cobrarle una multa y ya en la estación de policía se percataron de que además el celular del muchacho coincidía con uno que portaba denuncia de robo. Fue así como Batinelli, al mejor estilo suizo, denunció a todos con pelos y señales y luego se tomó el buque y hoy vegeta junto a los canguros y los koalas.

Cuando vio que se venía la noche, Greg, optó por ponerse los pantalones y testear lo que sería comenzar a ser un hombre, se disfrazó de valiente por primera vez en su vida y en el recreo le confesó a Bárbara lo que había sucedido tiempo atrás cuando aun no eran amigos. Bárbara, me enorgullece decirlo, lo tomó con estoicismo, demostrando que es realmente un ser superior. Primero se enojó tanto que casi lo sopapea, pero pasado el impacto inicial, comprendió, gracias a todas las enseñanzas dejadas por su hermano primogénito, que todos tenemos momentos de imbecilidad y debilidad en la vida pero que eso no quiere decir que dejemos de ser buenas personas. Los dos chicos (visto que el tercero se hallaba fuera de radio) le ofrecieron un sobre con dinero que ella rechazó aduciendo que su teléfono había sido restituido por el seguro y que no le parecía bien aceptar el reintegro económico (¡con lo bien que nos venía!).

Luego recibimos la llamada de la policía, tuvimos que apersonarnos en la comisaría ya que había que reconocer al cuerpo del delito, retirar los cargos, puesto que a esta altura no queríamos agregar ya nada más a los culpables, quienes buen susto se habían llevado de comprobar que la justicia a veces tarda pero siempre llega. También le explicamos a los servidores públicos de la ley y el orden que el teléfono ya había sido restituido por el seguro y que por ende entendíamos que el mismo debía ser devuelto a quien correspondiera y cerramos el capítulo en paz.

O eso creíamos. Hace una semana recibí un llamado del Tribunal de Menores, sito en Lausanne, quien tuvo a bien informarme que tanto mi hija como yo (ya que aun es menor) debíamos apersonarnos in situ para recibir el famoso celular que volvió de la muerte. Supuse que en el “Manual suizo de respuesta a todo” no figuraba como resolver el hecho de que obviamente no saben, ni imaginan que hacer con el aparato en cuestión, y como no tenía ganas de discutir, me limité a tomar la dirección prometiéndoles que iríamos en un par de días.

Así fue que ayer nos encontramos camino a recuperar el teléfono que la vida se esforzaba en devolvernos con tanta firmeza y tan férrea voluntad. Antes de salir de casa, estudiamos el mappy para no perdernos y Barbara me recomendó imprimir todo, pero la verdad es que como voy conociendo Lausanne mucho mejor y parecía tan fácil llegar, (estaba ahí nomás del Flon) y como la impresora casi no tiene tinta, me dije que no, que llegaríamos igual sin necesidad de mapa. Y si, llegamos pero demoramos casi una hora en dar con el lugar. Esto no solo prueba que soy rebelde y cabeza dura y que puedo descartar la practicidad en los momentos más elementales, sino que las ciudades suizas tienen como una tercera dimensión a la cual no es fácil acceder. Y es que a la hora de la lógica, nos encontramos con que esta no solo no existe sino que hay como una perversidad implícita subyacente que burla las mejores intenciones. Yo recordaba bien que saliendo del Flon, debía seguir derecho por una avenida que desembocaría en la avenue de Rumine, de la cual surgiría eventualmente el “chemin de Trabandan”, pero por más que me esforcé y tomé todos los caminos posibles, no dimos ni con la avenida ni con el camino. Luego de varias vueltas sin sentido y de haber pasado por tercera vez por el mismo lugar, le hice caso a mi hija y paré a preguntar. La mujer que nos ayudó sabía adonde íbamos y nos explicó untando su relato con todo tipo de informaciones sabrosas, pero nos volvimos a perder. Igualmente ahora ya sabíamos que la avenida Rumine era una calle por donde circulaban buses y eso era un verdadero as en la manga contra el destino esquivo. En un momento, tiré por la ventana el mal humor que ya me estaba infectando el alma y a sugerencia de Barbara, empecé a disfrutar el hecho de estar perdida que comenzó a ser como un juego divertido. Si la vida me había deslizado en ese trance, en vez de ir en contra lo aceptaría con alegría y la verdad es que no fue tan difícil. Me di cuenta de que era un hermoso día de sol pero que el calor no molestaba, que en realidad no tenía ninguna urgencia ni nada que hacer y bien podía perder una hora paseando por Lausanne que nunca deja de ser una ciudad bellísima y encima, contaba con la preciosa compañía de mi hija, cosa que está comenzando a ser un verdadero lujo en estos últimos tiempos. Así que me lo tomé todo con mucha calma y con mucha risa. En un momento creí que nuestra búsqueda estaría terminada puesto que pasamos por el Palace Rumine que si no vi mal contiene una biblioteca. Con mucha expectativa busqué el cartel con el nombre de la calle pero no era lo que yo esperaba. Me dije entonces que la famosa avenida Rumine (supuestamente nombrada así por el palacio) estaría a la vuelta y me volqué a dar una vuelta manzana. Pero eso es imposible cuando las manzanas no son cuadradas y ese es el principal problema aquí donde todo es tan sui generis que es imposible adivinar que formato tiene cada bloque o manzana donde yacen los edificios y las casas. Terminamos ancladas en un semáforo frente al parking de La Riponne. Digo bien ancladas pues fue el semáforo mas largo de mi vida, tanto que le dije a Barbara “este semáforo ¿será anual?” Y comencé a imaginar lo que sería si existieran ese tipo de semáforos donde uno queda atrapado por un cierto tiempo y como que tiene que reestructurar su vida desde allí, hasta que se cumpla el plazo y pueda volver a ser libre y morar en su casa. Ya me veía erigiendo una carpita (al mejor estilo argentino) al lado del auto y buscándome alguna actividad en la zona. Casi una novela de Paul Auster (genio en el arte de mostrar situaciones descolocadas como si fuera lo más normal del mundo y elaborar con maestría todo el submundo que se crea a partir de las mismas).

Finalmente llegó la luz verde y decidí doblar a la derecha y siguiendo una avenida un tanto sombría nos dimos cuenta de que íbamos de mal en peor pues ya a esa altura no teníamos ni la mas remota idea de donde estábamos y nos habíamos adentrado en territorio virgen. La zona comercial se había transformado sutilmente en una zona residencial poblada de elegantes casas con jardín y regios petits-hotels también ajardinados y llenos de flores. Por suerte venía alguien caminando y como no había tráfico pudimos parar y preguntar con tranquilidad. El hombre en cuestión no hablaba casi francés y resultó ser un yanqui de San Francisco. Al principio dijo que no tenía ni idea de adonde íbamos, pero como le dimos un poco de charla, aflojó y de golpe se iluminó y dijo: “¡ya sé adonde van! Es por aquí, no sé bien donde, creo que si doblan en la primera calle a la derecha y bajan van a dar con la avenida Rumine y luego verán el cartel de Tribunal des Mineurs que las guiará”.

Le agradecimos y partimos muy entusiasmadas y así fue, estábamos muy cerca. Dimos rápidamente con el chemin de Trabandan pero allí surgió otro inconveniente típico de estas tierras tan antiguas y que es la nunca bien ponderada numeración trastocada de las calles. Ninguna ciudad europea que se precie mantiene un equilibrio ecológico o balance natural y parejo entre sus pares e impares. Digamos que son como los Capuleto y los Montesco sumidos en una eterna pelea. Eso quiere decir que normalmente si la vereda derecha esgrime el número 4, en la vereda de enfrente o izquierda, encontraremos con la mayor tranquilidad y sin motivo de preocupación ni susto, ni complejo alguno, al número 35 panchamente apostado. También abundan otro tipo de trucos sucios y bajos como la incorporación ilegal y alevosa del bis, que desestabilizan totalmente la sanidad mental del pobre cristiano, que inocente y cándido, trata de llegar pacíficamente a destino o dar con una dirección sin ofender, ni hacer mal a nadie.

Y aquí debo traer a colación dos ejemplos interesantísimos, verdaderas piezas de colección, que no tienen que ver con esta historia, salvo para ilustrar el tema caminero, pero que vale la pena que sean conocidos, así que sigan leyendo por favor.

En Nyon, pequeño pueblito donde vivo hay hasta donde yo sé dos casos de locura domiciliaria. El primero es el consultorio de mi psiquiatra (vaya coincidencia) que se encuentra en la rue de la Gare 18. Al llegar allí comprobamos que es una pequeña esquina donde mora el bar “Le Brasseurs” -que cultiva su propia cerveza la cual puede ser servida en tu mesa en una columna de vidrio transparente de dos metros- y una pequeña galería. También hay un cartel que dice “el 18: entrada por la calle lateral, ruelle de la Moraz”. Así que uno debe montar por la ruelle de la Moraz y caminar hasta encontrar el 18 donde se encuentra la entrada de algo que obviamente está censado de estar en otra calle por la cual no hay acceso. ¿Se entiende? Después de cuatro años de terapia, yo aún me sigo rompiendo la cabeza.

El segundo ejemplo es todavía más complicado. En la esquina de mi casa, o sea calle que corta y corre perpendicular al Chemin du Couchant (la mía) esta la Route de Divonne –donde se encuentra el colegio de Brandon- que baja hasta el lago. Pero hete aquí que los primeros cien metros de mi calle, pertenecen o se llaman también Route de Divonne solo para los números 22 al 26. No obstante ello, una vez pasado el hospital, se abre a mano izquierda de la Route de Divonne, otra Route de Divonne que tiene unos 300 metros y es donde se encuentra el colegio de Barbara –el Gimnase-. Resumiendo hay tres routes de Divonne, dos que corren paralelas y desembocan ambas en la –tercera- Route de Divonne que baja hasta el lago. Digo yo, habiendo tantos siglos de historia que nos legaron tanto prócer y tanta persona ilustre, ¿no se podía poner otro nombre a esta bendita calle para que la gente no se pierda o tarde meses en llegar a destino? Enigmas de hoy y de siempre.

Volvamos pues al tema actual, que dejamos varado en la numeración severamente despareja de las calles. Según pudimos comprobar en este caso la calle iba, como es normal, totalmente desprolija y trastocada en su numeración bilateral a lo cual se sumó el hecho de que descendía en bajada sinuosa y que cuando finalmente cruzó la vía del tren, tuvo lugar un hecho insólito: de la vereda de los impares quedo como un vacío, un blanco, y vimos un cartel que explicaba que los impares del 29 al 35 continuaban en otra calle que se abría transversalmente a mano izquierda de la que estábamos recorriendo. ¡De locos!

Conseguimos estacionar bajo el puente del ferrocarril y caminamos hasta el tribunal que resultó ser un edificio rodeado de escuetos jardines. Por supuesto que allí nos encontramos con otra sorpresa muy común y frecuente. Entramos al edificio y constatamos en el cartel de entrada que era el B, pero al llegar al fondo y subir al primer piso hallamos el famoso cartel de “al Tribunal de Menores entrada por el edificio C, primer piso”. Parecía la búsqueda del tesoro y me dije que si realmente alguien tiene que venir aquí a compadecer, te dan todas las opciones para abandonar y huir en franco escape y mutis por el foro.

Llegadas finalmente al tribunal, que resultó ser una oficina pública común y corriente, nos identificamos mediante la libreta de familia, nos hicieron firmar la constancia de recepción y nos entregaron el famoso teléfono. Barbara se emocionó al reencontrarse con su aparatito perdido en el tiempo y en la distancia y partimos felices de haber dado buen fin a la historia.

Como siempre digo, pues lo he constatado, cuando algo nos pertenece, no importa lo que pase o cuanto tiempo transcurra, la vida siempre devuelve. Y a veces, como en este caso, ¡devuelve doble!

Desde Nyon y estudiando la Filcar con verdadera añoranza, les mando un besote inmenso,

Alejandra
29.07.08