lunes, 17 de agosto de 2009

Oldies: El último diente de leche.

Hoy Barbara perdió su último diente de leche. Este es un hecho que generalmente pasa desapercibido. Y yo en realidad puedo afirmarlo con tremenda seguridad y sin posibilidad alguna de error, puesto que fue el dentista quien me lo informó y quien tuvo a bien sacárselo. El diente en cuestión se encontraba atrincherado y emberrinchadamente enamorado de la encía. Tal vez envestido con la fuerza y el estigma de ser el último representante de una raza en extinción, se negaba a partir y se había convertido en un verdadero problema. Se le estaba encimando con el diente definitivo, quien pugnando por salir ya había asomado medio cuerpo y la estaba convirtiendo en algo así como la hija de Drácula: ¡dientes ávidos de vida que crecen en forma desaforada!

Mientras la observaba sentada en el gran sillón del sacamuelas, pensaba que ese era el último exponente de esos dientitos que una vio salir con tanta alegría, esfuerzo y dolor. Mudos testigos que la acompañaron en su infancia, cuya ausencia es hoy la prueba de que la criatura creció. De alguna manera se cumple un ciclo y se cierra una etapa. Esta observación matinal se transformó en todo un día de pensamientos y sentimientos agridulces y desencontrados que ahora vuelco en esta hojita de papel.

El inevitable hecho de que los hijos crezcan nos causa contradictorios sentimientos de dolor, de alegría y de orgullo. Dolor de constatar que ya no son pequeños, de que cada vez nos necesitan menos en las urgencias, en las cosas que se ven y se tocan, en lo inmediato. De cierta forma esa necesidad se va pasando al velado mundo de los intangibles, donde el amor de los padres sigue allí de una forma a veces hasta tácita, menos inmediata pero siempre presente, la mayoría de las veces disfrazado de paciencia, donde uno va empezando a respetar las decisiones personales de esa criatura que de a poco, pero intermitentemente y con constancia perpetua, se va transformando en una persona, tambaleando en el mundo neblinoso de la adolescencia.

Se suman otros detalles insignificantes pero que cabe mencionar, como el hecho de que ellos crecen y nosotros envejecemos. Y entonces es también cerrar otro ciclo y comenzar uno nuevo y algo desconocido. La adolescencia vivida del otro lado del mostrador. Cosas que nos hacen comprender que nuestros padres no eran tan malos y hasta pueden haber sido, alguna vez, «víctimas » en vez de victimarios. Es, en realidad, y si queremos hacer las cosas prolijamente, cambiar un paradigma con todo el trabajo interior que eso nos trae acarreado.

También contamos con el orgullo acompañado del asombro, la incertidumbre, la alarma, el miedo, la empatía. Descubrir día a día los cambios que a veces nos desequilibran por completo, si no sabemos levantar la pata del automático, nos lleva a realizar verdaderos esfuerzos y apelar a la fuente universal de la comprensión y la tolerancia.

Trato de no pensar que la estoy perdiendo. Me convenzo de que su imagen de bebé, de chiquitina, de niña seguirá siempre en ella, invisible pero presente en esa metamorfosis que la transforma lenta pero irremediablemente en mujer y sé que si bien siento que la pierdo, la recupero en otro estado diferente.

Por otro lado y bien contradictoriamente, me encanta verla mas grande. Comprobar que cada día se desenvuelve mejor, que aprende a enfrentar la vida con valentía. Trato de guiarla con amor y con humor –cosa no siempre fácil-, de acompañarla en esta nueva etapa, de no desesperarme cuando la veo sufrir desengaños, de refrenar mis instintos víscero-materno-asesinos cuando alguien la hace sufrir... Me resulta muchas veces difícil, darle o a veces no darle una respuesta acertada a todas sus preguntas, dejarla ensayar su propia respuesta aunque sea errada y de enseñarle a asumir sus elecciones con responsabilidad.

La infancia… el lugar de las primeras improntas, del tiempo sin tiempo, donde los minutos están llenos de dibujitos de colores y las horas derraman pochoclo, caramelos y golosinas, el espacio donde estamos mas desprotegidos, mas necesitados pero mas en contacto con nuestra esencia, donde somos mas auténticos y puros.

A veces vivimos la vida a través de los hijos y ellos tienen el poder de llevarnos de la mano por los caminitos zigzagueantes de sus vivencias. Desandando el tiempo revivimos con ellos nuestro ayer y muchas veces, muñidos de una varita mágica, logramos iluminar situaciones nuestras que fueron oscuras y sanarlas para traerlas de vuelta al presente con la cura que otorgan la comprensión y el perdón.

Yo quisiera decirle a mi hija que hoy deja la infancia, que si bien para ella ahora es necesario cerrar esa puerta y de alguna forma traicionar los valores infantiles para así encontrar el espacio necesario de crecer, que la infancia no se termina nunca. Que uno puede vivir con responsabilidad, tanto en el mundo de la adolescencia como en el de los adultos, con muchos de esos valores que hoy ella encuentra caducos, vetustos y anticuados. Que no hay nada más lindo que volver a sentirse niño cada tanto y dejar salir esa forma tan ingenua, tan plena, tan libre, tan primaria, tan simple y tan verdadera de experimentar la vida. Que siempre seguimos siendo niños felices en el jardín eterno de la infancia y que podemos acceder a ese mundo para remontar esos sentimientos genuinos en el momento que queramos. Con tan solo desearlo podemos conectarnos con ese espacio que siempre sigue vivo y esperándonos. Es el lugar ideal para dejarnos llevar y seguir soñando con la magia, con el ideal, con todo aquello que nos guía y encanta y que se puede volver una brújula maravillosa para transitar por la vida si sabemos matizarlo con el resto de lo que nos toca y elegimos vivir.

La infancia, el lugar donde tejemos nuestras raíces, ha sido para mi hija un tiempo cálido y feliz. Ahora viene la etapa de formar las alas para luego desplegarlas y aprender a volar. Espero y deseo que todos sus ciclos se cierren como este, con naturalidad, sin prisas y con la alegría de un balance positivo.

En las fotos virtuales que llevo en el álbum de mi corazón hoy pego la de Barbie perdiendo su último diente de leche y comenzando a vivir en un mundo nuevo… Sonrío, pero no por ello dejo de sentir como una música de fondo que me trae una antigua, lejana y sorda tristeza llena de melancolía…

1 comentario:

Katta dijo...

Me parece tan lindo y real lo que escribis que ni siquiera se que podría comentar, quizás pones en palabras lo que siento y es grandioso, gracias!!